Cuando el fundamentalismo económico venció

José Solano Solano

10 de Abril de 2018

Primero de abril. Elecciones Costa Rica. Segunda ronda. Dos partidos que se presentaban como diametralmente opuestos. Partido Restauración Nacional liderado por Fabricio Alvarado, abanderando el pentecostalismo, contrario a los derechos individuales de la diversidad sexual y de las mujeres, un discurso cargado de homofobia. Partido Acción Ciudadana encabezado por Carlos Alvarado, candidato del oficialismo, con una agenda económica de continuismo de las políticas del liberalismo económico, marcado por los descalabros del gobierno que lo llevó a esta segunda ronda. Los votantes costarricenses. Llevados al campo de batalla de las urnas electorales por una propaganda del terror. Con casi un millón trescientos mil votos, Carlos Alvarado sale vencedor.

 

Este es el panorama que permite contextualizar a quienes fueron simples observadores desde otras latitudes y resume más o menos el panorama que se presentaba de cara a esta segunda vuelta electoral. Mas para no extender mucho el asunto, sobra decir que la victoria fue para Carlos Alvarado con 61% de los votos emitidos, lo que corresponde a más de 1 290 000 votos. La tasa de abstencionismo fue del 33%. Este número es bastante más bajo que el de 2014 en diez puntos porcentuales y formalmente se mantuvo estable salvo unos 25 000 votos abstencionistas que se sumaron en la segunda vuelta. Lo cual significa que la tasa de abstención no fue la determinante para la victoria de uno u otro candidato, tal y como se venía sosteniendo desde la primera ronda.

 

De esta forma, el fundamentalismo religioso fue derrotado. Sin embargo, si Fabricio Alvarado hubiese obtenido en la segunda vuelta la cantidad de votos en la primera ronda, casi habría alcanzado el 40% necesario para ganar. Aunque claro está, varios factores jugaron en su contra: desdecirse constantemente, no asistir a debates, no tener un programa de gobierno claro y cuando lo intentó estaba lleno de plagios, cambiar su equipo asesor debido a los fallos y ridículos públicos, un equipo económico con ideas un tanto draconianas y por supuesto, un conjunto de seguidores cegados por la irracionalidad y el típico odio cristiano. Estos seguidores también se movían por un miedo, uno basado más que todo en la ira de Dios debido a sus interpretaciones bíblicas referidas a los pecados de la carne y la sodomía que, según esas personas, estarían presentes de ganar Carlos Alvarado y que podían encontrarse en los programas de sexualidad del Ministerio de Educación Pública, en el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el matrimonio igualitario y en la aprobación del estado laico por citar algunas.

 

Sin embargo, del otro lado de la acera se movían miedos aún peores y de una posible materialización más palpable por las experiencias de regímenes político-religiosos similares, tales como: persecución de la diversidad sexual, retrocesos en materia de derechos humanos, profundización de la “cristianización de la sexualidad” con el aumento en el embarazo adolescente, transformación del Instituto Nacional de la Mujer en uno de la Familia y por ende, el aumento en las tasas de violencia familiar y feminicidios, entre otros. Pero en este movimiento cívico que giraba en torno a Carlos Alvarado pueden distinguirse tres grupos fundamentales: el primero es la base votante del Partido Acción Ciudadana que sumó más de 460 000 votos en la primera ronda; el segundo grupo es el de los votantes de otros partidos que le dieron su voto a Carlos y el tercero es el más pequeño, el de los indecisos e incluso abstencionistas de la primera ronda que terminaron por decantar su voto al PAC. De igual forma puede reconocerse tres razones para este voto: la primera, la más importante y la más determinante, es el voto movido por el terror según las variables que se indicaron más arriba pues este fue el que motivó inclusive la migración de votos de otros partidos; la segunda es el voto católico de base que salió en defensa de La Negrita, principalmente en las históricas provincias conservadoras: Cartago y Heredia, donde se dieron los resultados más abultados en favor de Carlos Alvarado; y la tercera fue el trabajo de la Coalición por Costa Rica, la cual aglutinó a los tres grupos mencionados líneas atrás y que se organizó principalmente por redes sociales para comunicar el mensaje del candidato del PAC.

 

Como puede notarse, el miedo fue la tónica en esta campaña electoral, pero donde tuvo más peso fue en el votante de Carlos Alvarado. Este miedo no implicaba un apoyo incondicional al candidato, sino que se trataba de un voto en contra de Fabricio Alvarado y sus ideas programáticas, y es ahí donde se explica el crecimiento de 800 000 votantes para el PAC en la segunda ronda.

 

Pero hubo un fallo en los análisis anteriores [1]. Cuando los resultados del 4 de febrero hacían pasar a segunda ronda a ambos candidatos, se pensaba que existían dos escenarios básicos de ganar uno u otro candidato: si Fabricio vencía entonces se creería que gobernaría fácilmente pues tendría los votos suficientes en la Asamblea Legislativa, que a sus catorce diputados se le sumarían los diecisiete del Partido Liberación Nacional para prácticamente pasar toda la agenda legislativa acorde a sus intereses políticos; si Carlos ganaba habría una crisis de ingobernabilidad pues solo tendría diez diputados enfrentándose a una mayoría que frenaría todos sus planes. Sin embargo, ya para el 8 de marzo, Carlos Alvarado firmaba un acuerdo de unidad nacional [2] con el excandidato del Partido Unidad Social Cristiana, Rodolfo Piza; y para el 14 de marzo [3] presentaba su equipo económico encabezado por Edna Camacho, miembro de la Academia de Centroamérica y una figura clave en el modelo económico que ha llevado Costa Rica durante tres décadas.

 

Tras el conocimiento del acuerdo con Piza, Carlos Alvarado dejaba claro el modelo económico que iba a seguir, lo cual solo fue reafirmado con la coordinación de Edna Camacho en su equipo. Pero al mismo tiempo, acordó una serie de retrocesos en materia de derechos humanos, tales como lo referente a los programas de sexualidad o postergar los temas de la diversidad sexual. El tema de la violencia contra la mujer y los feminicidios brillaron por su ausencia en dicho acuerdo. El estado laico también se postergó con la visita a la basílica un día después de las elecciones (aunque es lógico que le agradeciera el voto a La Negrita pues, como se planteó arriba, fue uno de los componentes fundamentales para su victoria).

 

De esta forma, el fundamentalismo religioso derrotado, dio paso a otro fundamentalismo que estaba latente en el votante promedio de Carlos Alvarado, el acrítico, fluctuante y veleta: el fundamentalismo económico. Este, además, se ha visto alimentado por un candidato acorde a su estructura de pensamiento, lo cual lo reviste de un halo cuasidivino, y por tanto incuestionable y que augura toda la verdad.

 

Así es como, a lo interno de la Coalición por Costa Rica, por ejemplo, han empezado a aparecer los personajes que claman por la desaparición de los sindicatos y el derecho de huelga, por la disminución de salarios en el sector público y hasta los fanáticos de los impuestos porque “es por el bien del país” que el estado les siga robando de sus bolsillos para pagar la crisis en la cual los ricos y poderosos los han metido por décadas. Esos fanáticos, incluso y como parte de toda contradicción dentro de un sistema político y económico tan peculiar como el costarricense (exacerbado aún más por el resultado electoral), ha conllevado a la aparición de elementos homofóbicos y nacionalistas cuasifascistas y bastante empachosos. Estos elementos peculiares plantean que algunos derechos deben respetarse, pero que no todos, por ejemplo, que los homosexuales accedan a sus garantías patrimoniales, sociales y económicas, pero sin hacer alarde de ello o que las personas trabajadoras (o colaboradoras según la juerga permitida por la Globalización y la posmodernidad para no llamarle capitalismo) entreguen más de su salario, no se organicen y no salgan a defender sus derechos humanos.

 

Ese fundamentalismo, fanatismo proporcionalmente inverso al que se pretendía combatir, ha resucitado la guerra del sector privado en contra del público; ha permeado un sentimiento nacionalista de apoyo ciego e incondicional al presidente electo, mesías ungido de un aura salvadora, para que lleve a cabo “las grandes reformas” (del liberalismo económico) por medio de la “unidad nacional” (un arroz con mango, otra vez, de partidos tradicionales bajo la bandera del PAC) con el fin de imponer más carga sobre la espalda de quienes trabajan, sin tocar a los grandes capitales nacionales y transnacionales, culpables de la situación económica del país. De esta forma, todo aquel que ose manifestar su descontento en contra del amado líder Alvarado, no ama a su patria, es un desconsiderado, “no se pone la camiseta” y no quiere trabajar en pro del país y de la unidad. Y así, bajo la falsedad y contradicción del llamado “Gobierno de Unidad Nacional” se gesta un modelo de pensamiento único: el del liberalismo económico.

 

El fanático vencedor desconoce así la diversidad de criterio, otra forma de hacer las cosas y pretende que todo sea aceptado sin ton ni son. Trata de hacer psicología inversa con el discurso y apela al sentimiento de culpabilidad y recuerda que “la patria” estuvo a las puertas del terror. Empieza de esta manera una persecución sistemática del disidente, al menos por las redes sociales y los espacios en los que se desenvuelven con soltura en esa nube electrónica. Ahora solo hay un pensamiento único: el de la unidad de los de siempre con su agenda de siempre, el de un solo modelo económico, el de seguir haciendo siempre lo mismo. Lo que se viene es complejo, “cuesta arriba” para la población, donde muchos apostaron ciegamente, pero los golpes en el pecho, como siempre, tendrán que esperar otros cuatro años mientras el sistema, poco a poco pero a buen ritmo, se va consolidando.

 

Se vislumbra más represión, más regresión, más descontento, más defraudaciones. Se vislumbra también que ese votante fluctuante y veleta se moverá otra vez en el vaivén electoral dentro de cuatro años y quizás, solo quizás, un nuevo monstruo vuelva a aparecer, aunque el Leviatán lleve décadas aterrorizando sigilosamente.

 

Notas

 

[1] Solano, J. (2018, 6 de febrero) De un pasado de sueños a un presente de pesadillas. EquipoCritica.org, recuperado de https://www.equipocritica.org/reflexion-editorial/editoriales-anteriores/de-un-pasado-de-suenos-a-un-presente-de-pesadillas/; Solano, J. (2018, 16 de febrero) Mitigar y apechugar en tiempos de incertidumbre. EquipoCritica.org, recuperado de https://www.equipocritica.org/reflexion-editorial/editoriales-anteriores/mitigar-y-apechugar-en-tiempos-de-incertidumbre/; Solano, J. (2018, 3 de marzo) Acordemos una agenda común. EquipoCritica.org, recuperado de https://www.equipocritica.org/reflexion-editorial/editoriales-anteriores/acordemos-una-agenda-comun/

[2] Sequeira, A. y Ruiz, G. (2018, 8 de marzo) Rodolfo Piza y Carlos Alvarado firman alianza para un 'gobierno nacional'. La Nación, recuperado de https://www.nacion.com/el-pais/politica/rodolfo-piza-firma-alianza-con-carlos-alvarado/LZPKDMKHONFI5KAYHATLEUNXWA/story/

[3] Chinchilla, S. (2018, 14 de marzo) Carlos Alvarado presenta su equipo económico. La Nación, recuperado de https://www.nacion.com/el-pais/politica/carlos-alvarado-presenta-su-equipo-economico/NL36AMMX5BGH7NROHOZXLXYRJU/story/

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