Acordemos una agenda común

José Solano Solano

3 de Marzo de 2018

Entre la juventud (y entre la adultez claro) existe una necesidad imperiosa por generar cambios. Queda claro que la agenda económica de los dos candidatos es una sola, hay un acuerdo tácito entre ambos por hacer y decir lo que el poder económico de este país ha venido dictando a lo largo de las últimas tres décadas. Que uno se vista de iluminado divino y el otro no, hace que toda la discusión gire monotemáticamente hacia el tema de la diversidad sexual, cuando por décadas sus derechos han sido violentados y continuarán siéndolo después del primero de abril, gane quien gane. Es un asunto sistémico profundo que no se resuelve evitando que quede el loquito que escucha la voz de dios hablándole cada noche antes de dormir.

 

Si gana Fabricio Alvarado, queda claro que existirá un estancamiento político en materia de derechos humanos. Difícilmente intentará generar alguna regresión en este tema, pues ya recibió su “jalón de orejas” por parte de Oscar Arias. Los preocupantes pueden ser sus fieles seguidores quienes han empezado a destapar su homolesbotransfobia en las últimas semanas, con un lenguaje que escupe violencia. Sin embargo, esas ovejas serán las principales afectadas por las políticas económicas de su mesías, pero lo aceptarán mansamente porque su dios se los envió para redimirlos.

 

Un panorama de incertidumbre es la tendencia, la “papa” la tienen los indecisos que pueden definir en última instancia esta elección. El “antipacquismo” es el que está haciendo mella entre el voto que podría favorecer a Carlos Alvarado y es el resentido (por tanto irracional) el que le está dando la espalda al gobierno actual (reflejo del que vendrá) para engrosar las filas del evangélico Restauración Nacional. Las filas de Fabricio Alvarado están cerradas desde la elección de febrero, esos son militantes y militares a la hora de ejercer su voto porque es el llamado de dios. Pero el voto para Carlos Alvarado es más volátil por cuanto se racionaliza más y como muchos afirman (quizás inocentemente o depositando falsas esperanzas), “no es un cheque en blanco”. ¿Cómo conquistarán a esos indecisos o tratarán de “volcar” a los resentidos? Es una tarea titánica a tan poco tiempo de la segunda ronda.

 

Pase lo que pase, estas elecciones han dibujado un panorama nuevo en el marco sociopolítico costarricense. Se desató una bestia que venía incontenible: el cristianismo protestante recalcitrante y con este lo peor de la persona: la deshumanización que trae odio y violencia como históricamente lo recuerda la experiencia del cristianismo en el poder o relacionado fuertemente con este. Por tanto, es imprescindible atacar la raíz del problema para contrarrestar los efectos que el capitalismo (que no tiene religión ni preferencias de ningún tipo salvo lo que conlleve su reproducción) ha provocado en los sectores más desfavorecidos que hoy le dan adhesión a Fabricio Alvarado.

 

La raíz del problema, como bien ha sido identificado por muchas personas, está en aquellos lugares olvidados por el Estado costarricense: las comunidades, los barrios, las zonas rurales y urbano-marginales. Es ahí donde han crecido exponencialmente las pequeñas iglesias “de galerón”, el neopentecostalismo y el evangelismo en general. Estas han venido a sustituir a los partidos políticos y al Estado, han llevado obra pública y el discurso de la salvación frente a una realidad decadente, miserable y desesperanzadora. Por ello, es ahí donde debe volverse la mirada. Las organizaciones sociales y políticas tienen un reto de proporciones inmensas: retornar a la base y dejar la comodidad del escritorio y el computador. David Harvey llama la atención sobre esto y recuerda que ahora el escenario de lucha es la comunidad y no necesariamente la fábrica. Parece que esto le cayó como un balde de agua fría para las organizaciones políticas de izquierda y autonómicas-libertarias costarricenses, pues el gigante se despertó y dio un paso abismal en el trabajo con respecto a estas agrupaciones. Derrotarlo no es tarea fácil, pero es la tarea al fin y al cabo.

 

Ante este escenario, es necesario que todas las organizaciones sociales que históricamente, tanto en procesos revolucionarios como de relativa calma, siempre han estado unidas contra el enemigo común, se planteen la urgencia por plantear, de igual forma, objetivos comunes. El sectarismo, la ambivalencia y ambigüedad (vivida con más claridad en estos últimos cuatro años de “cambio”) y la “única verdad ideológica” le han hecho un profundo daño a los movimientos sociales y a la línea de combate contra el sistema político-económico. Por esta razón, volver a los ejes de lucha básicos es la consigna de hoy y mañana, a menos que simplemente se espere la catástrofe para que, en medio del miedo, la histeria y la eminente destrucción de lo poco que ahora se sostiene, saque a las masas a la calle para tratar de rescatar lo que quede y en el peor de los casos, se vuelva a poner a un pelele mesiánico en el gobierno como salvataje.

 

En la diversidad está la vida y la fuerza. Dialogar, debatir, reflexionar, analizar desde las diferencias ideológicas es fundamental, pero solo viendo la cara del otro y la otra se puede llegar a comprender mejor la forma de entender el mundo según cada quien. Después de eso, establecer una agenda común de puntos básicos en los que cada persona y organización puedan luchar sin comprometer sus principios filosóficos, morales y de vida o convicción. Trabajar por un objetivo sencillo, no necesariamente el revolucionario pero, por qué no, irlo construyendo paralelamente, pero con los pies sobre la tierra, de forma que se aglutinen más y más fuerzas. Ir a las comunidades nuevamente, llevar esperanza a donde no la hay y que ellas mismas empiecen sus procesos de organización. Parece monumental pero no lo es, mas si no se tiene la capacidad de sentarse y hablar sobre lo que une y no sobre lo que diferencia, difícilmente se puede llegar a algo concreto.

 

La mano está extendida y la invitación está abierta. La unión hace la fuerza o como rezaba el grito de guerra de hace más de cuarenta años: “el pueblo unido jamás será vencido”. Parece que esas consignas se fueron al baúl de los recuerdos, pero pueden desempolvarse y retomarse con fuerza. Aquí queda este llamado para ser reflexionado.

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