¿A quién beneficia el voto?

José Solano Solano

10 de Diciembre de 2017

Viene una nueva jornada electoral y los partidos lo saben. La fanfarria da comienzo y se hacen los llamados a votar, a usar el "sagrado derecho" del sufragio. Sin embargo, bien es sabido que en la democracia liberal solo existe un derecho sagrado: la propiedad. Así establecido por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Del voto jamás dicho documento mencionó que fuera sagrado y aun así, muchos le dan ese carácter solemne. Incluso, cuando se hace fraude (cosa que siempre ocurre en mayor o menor medida en cualquier lugar que exista el voto), se hace un llamado por la defensa de la “pureza del sufragio”. ¡Qué patraña más idílica es esa! Nótese como las palabras sagrado y pureza van de la mano y explican esa solemnidad que se le otorga a este absurdo de elegir al verdugo.

 

Por lo tanto, es común que al acercarse un nuevo proceso electoral se dé un conjunto de ideas sobre la “importancia del voto”. La más común de todas es aquella que dice que: si no sale a votar, le estará dando la victoria a X partido o quedarán los “mismos de siempre” o cosas similares. Esa es la moralidad demócrata republicana (cuasi religiosa, recuerde pureza y sagrado) que al menos en esta aldea, se ha generalizado por una característica que pocos conocen o recuerdan: que en Costa Rica el voto es considerado obligatorio según el artículo 93 de la Constitución Política. Así que se trata de un asunto moral lo que pesa el decir frases como las mencionadas.

 

Sin embargo, se sabe perfectamente que no necesariamente gobierna una clase política cuanto sí económica, lo cual muchas veces da igual quien gobierne pues detrás siempre existe otro poder superior que dirige la orquesta, o bien, aparecen otros a dirigir el concierto, porque el poder es poder a final de cuentas. Importante es mencionar que al no ejercer el voto no se está provocando que gane el PLN o los “mismos de siempre” por ejemplo, simplemente se estaría legitimando un sistema político que históricamente no ha servido para solucionar los problemas de la mayoría. Y esto es simple porque en Costa Rica, por más que esa moralina electorera le pegue a cualquiera, siempre gobiernan los “mismos de siempre”, porque dicho sistema está hecho para que todo sea así.

 

Incluso, si no son los “mismos de siempre”, las probabilidades se acercan a casi el 100% para que esos que no eran los “mismos de siempre”, terminen actuando similar. Además, aquel otro cuento de “vote, por quien sea, pero vote” es todavía peor. Esto por cuanto segrega todavía más el voto entre los numerosos partidos que hay en el país para que, al fin y al cabo, debido a la particularidad del sistema electoral criollo, se termine, en última instancia, votando solo por dos en una segunda ronda, donde, casualmente, estarán los “mismos de siempre”.

 

En Costa Rica, donde se vive una de las democracias más antidemocráticas, solo una minoría termina ejerciendo el derecho a elegir al representante de la mayoría. Imagine que en este país hay una población de 500 personas, de estas se excluyen 200 que no tienen derechos políticos (menores y extranjeros) pero que al final de cuentas se verán afectados o no por quien gobierne. Los 300 restantes son los votantes. En Costa Rica es tradicional que la tasa de abstencionismo ronde el 36%, lo cual significa que son 108 personas las que no votarán. 192 personas son las que votan. Si se necesita un 40% para elegir al presidente, se trata de 77 personas las que eligen al próximo representante. ¡77 de 500 (o de 300 para los más quisquillosos)! Esto significa que solo el 14% de la población total o el 26% de los votantes eligieron al presidente de las 500 personas que habitan el país. En el caso de la última elección (2014), que se dio una particular segunda ronda, Luis Guillermo Solís ganó con el 42% del total del padrón o un 27% del total de la población del país con una tasa de abstención del 32%, solo cuatro puntos porcentuales más baja que el promedio histórico.

 

Queda claro que abstenerse a votar no es contrario a la democracia, ni provoca que lleguen los “mismos de siempre”. Abstenerse a votar es dejar de legitimar un absurdo como el presentado en el ejemplo anterior. Eso de justificar un voto para que le suban los impuestos o el costo de la vida, justificar el voto para ver quien lo garroteará si le afectan un derecho, o justificar un voto para estar comiendo atolillo con el dedo por cuatro años, es, en definitiva, un masoquismo que raya en el suicidio.

 

Y si le nace la pregunta: ¿entonces qué puede hacerse? La respuesta es sencilla: siga haciendo lo que hace todo el tiempo. Al final de cuentas, eso de votar es cada cuatro años, es decir, la moralina solo le sale al año bisiesto, el resto del tiempo muy probablemente siga tratando de sobrevivir. Los que luchan, pues sigan en eso, luchando contra el sistema, pues queda demostrado que votando, es decir, usando el mecanismo de los de arriba, no se generan revoluciones. Eso sí, dejar de votar es dejar de legitimar ese juego. Dejar de votar es desestabilizarles su sistema, lo cual puede ser el preámbulo de algo todavía mejor, más real y verdaderamente transformador. Al menos piénselo.

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