La superstición del voto

Esteban Vidal

26 de Octubre de 2016

En el ser humano anida un fuerte deseo de confiar en los demás. Posiblemente ello se deba a aquella faceta que hace de él un ser social y que como tal tiende a vivir en comunidad. Esto vendría a desmentir las tesis del darwinismo social dado que el individuo solitario es vulnerable al hacer de la desconfianza hacia todos los demás la piedra angular de su modo de vivir. La confianza entre iguales es el fundamento de la cooperación y la ayuda mutua, pero sobre todo de la convivencia que permite la existencia de aquellos lazos sociales que conforman una comunidad cohesionada. Dicho esto cabe concluir que la confianza es algo positivo siempre y cuando se deposite en quienes sean dignos de merecerla.

 

El poder ha alimentado las tendencias individualistas más destructivas mediante un sinnúmero de procedimientos que han minado la confianza entre los miembros de la sociedad. El poder ha aumentado su capacidad para controlar y manipular a la sociedad lo que ha tenido como principal consecuencia el desmantelamiento de cualquier forma de vida de tipo horizontal, y con ello de aquellas redes de solidaridad y apoyo mutuo entre iguales que han existido en su seno. Hoy vemos cómo el Estado lo hace prácticamente todo, lo que ha generado una situación de dependencia hacia esta institución que ha hecho que el individuo se relacione únicamente con el poder. Esto ha servido para inocular en el individuo su confianza en el poder, a esperarlo todo de este.

 

El fundamento del mando, y por extensión también de toda forma de autoridad, es la obediencia. El poder no existe si no hay quien obedezca. De lo anterior se deriva que el poder, para subsistir, requiere de cierta colaboración de sus sometidos. Todo sistema de dominación necesita el consentimiento de la población. Por esta razón nos encontramos con que en la actualidad, en los regímenes parlamentarios, el poder busca dotarse de cierta legitimidad que lo haga aceptable. Esto es lo que explica que existan elecciones periódicas que sirven para legitimar el sistema de dominación que representa el Estado. De este modo, a través de la colaboración que la población presta con su participación en las elecciones, el Estado es legitimado. Con todo esto se crea la ilusión de que la sociedad elige a sus gobernantes cuando en la práctica sólo legitima el sistema de dominación que constituye el Estado debido a que el poder no reside, como suele pensarse, en el gobierno, sino en los altos funcionarios de los ministerios, los generales de los ejércitos, los mandos policiales, los jefes de los servicios secretos, los jueces, los directores de prisiones, etc. En la práctica el gobierno únicamente es un apéndice del poder ejecutivo del que es dependiente en todo lo esencial.

 

En época de elecciones la clase política se pone de rebajas, hace todo tipo de ofertas con innumerables promesas. Así es como los políticos intentan seducir a la población con toda clase de frases embaucadoras. Con todo ello la clase política se presenta como la única capaz de remediar los males de la sociedad. Son innumerables los engaños perpetrados por los políticos, pero no menos cierto es que no hay engañador sin que, a su vez, alguien se deje engañar. La experiencia histórica nos demuestra con perfecta y meridiana claridad la falsedad de los políticos que siempre dicen una cosa pero hacen la contraria. La razón es bien sencilla: ellos tienen sus propios intereses que no son los de la sociedad, y por otro lado no son quienes detentan el poder sino que en todo son dependientes de aquellos que sí dirigen las estructuras de poder que gobiernan la sociedad.

 

A pesar de todo lo expuesto una gran parte de la sociedad se ve impulsada por una irracional creencia de que con su voto puede decidir algo, y que unos políticos no son tan malos como otros. Como decimos, a la luz de la experiencia esto no deja de ser una actitud irracional en la que se opta por confiar en un grupo escindido de la sociedad como son los políticos. Es una actitud colaboracionista que denota una mentalidad servil y sobre todo supersticiosa. Al igual que muchos creyentes tienen sus propios santos a los que periódicamente van a ponerles alguna vela para conseguir su favor, el votante es otro supersticioso que también tiene sus propios santos representados por algunos políticos a los que cada cierto tiempo, en vez de ponerles una vela, les ofrenda con su voto para ver si así obran algún milagro. Esta es la superstición del voto.

 

Vemos cómo desde el propio poder se alimenta y reproduce el deseo de confiar que existe en el ser humano para hacerle colaborador y copartícipe de un sistema de poder que le oprime y explota. Así es como el individuo deposita su confianza en el poder o en alguno de sus representantes políticos para legitimarlo, lo que al mismo tiempo sirve para legitimar y confirmar las relaciones de dominación que hacen de él un oprimido. Todo esto responde en gran medida al inmenso poder alcanzado por el Estado que controla la práctica totalidad de las esferas de la vida humana, lo que ha conducido a que la acción popular haya sido sustituida por la acción estatal que todo se lo gestiona y brinda. Con ello se ha impuesto igualmente la acción parlamentaria que ha habituado a la sociedad a esperarlo todo del poder de tal modo que la acostumbra a su permanente esclavitud.

 

El Estado es la gran cárcel en la que la clase dominante controla las necesidades de la población y le obliga a actuar conforme a sus intereses. Las elecciones simplemente sirven para elegir a los carceleros, representados por los políticos, que se encargan de gestionar la cárcel e impedir que se produzca ningún desorden que pueda poner en peligro su existencia. Las elecciones son un instrumento de colaboración entre clases sociales que permite la permanencia y reproducción del conjunto del sistema y de sus relaciones de dominación. Todo esto demuestra que el poder no es benévolo, sino esencialmente egoísta en la medida en que persigue sus propios intereses mientras que la sociedad únicamente es un instrumento para su consecución.

 

Aunque la sociedad en muchas ocasiones colabora de manera involuntaria con el poder los procesos electorales, en cambio, se basan en la voluntariedad. Por este motivo la abstención activa es una de las pocas formas que todavía existen para no colaborar con el sistema, y con ello no mostrar conformidad alguna con las relaciones de explotación que lo articulan. Pero esto no es suficiente si a ello no le acompaña la autoorganización popular, así como la difusión de aquellas ideas y valores dirigidos a aumentar la consciencia en el seno de la sociedad para romper la colaboración entre clases, y con ello desencadenar un proceso revolucionario que permita la creación de una sociedad sin clases. Indudablemente esto conlleva que la confianza de la población deje de depositarse en los ídolos mediáticos que el poder crea para pastorearla y mantenerla en el redil de su sistema de dominación. Ninguna autoridad es merecedora de la confianza del pueblo, por el contrario esta hay que cultivarla entre el grupo de iguales si quiere ponerse fin a la superstición del voto y todo lo que ella conlleva.

 

FUENTE: http://www.portaloaca.com/opinion/11959-la-supersticion-del-voto.html

Escribir comentario

Comentarios: 0

En alianza con

CONTÁCTENOS

equipocritica@gmail.com

La Pluma

Agencia APP - Red de Prensa No Alineada

PUBLIQUE EN EquipoCritica.org

redaccion.equipocritica@gmail.com