El suicidio y su significante política; suicidio como línea de fuga

Orlando S.

5 de Junio de 2017

I

 

Cuando hablo del suicida no hablo del loco, pueden existir suicidas locos y no, pero la evidencia empírica muestra que no hay co-relación verídica entre el suicidio y la locura, ni siquiera en la estadística o en la literatura al respecto, cuestión que la discursiva mediática y psiquiátrica de forma intencionada ha preferido ignorar, esto porque establecen como verdad pública la falacia de que el loco se encuentra en peligro de sí mismo, y posiblemente se encuentre en una situación de peligrosidad, pero no producto de su delirio –– como dice la institución psiquiátrica –– sino de las condiciones políticas y médicas de las que fue secuestrado, está en peligro de sus ataduras pero no de su locura. Condiciones de contexto, situaciones y estado de las cosas que nos pone a todos en un devenir suicida, locos y supuestos cuerdos.

 

El suicidio debe ser analizado no como un hecho general u objetivo sino como un conjunto de cuestiones fenomenológicas, desde entenderlo como producto de la sociedad a un suicidio como línea de fuga con significante de desorden y ruptura al sistema social. A pesar de que esta última forma de interpretar el suicidio tenía su simbolismo filosófico evidente en el siglo XVII–XIX, periodo de organización social y política que Michel Foucault llamó “sociedades soberanas”, una forma de desplegar las fuerzas de poder a través de la soberanía de la vida–muerte; el soberano es Dios ––dice Foucault–– y las instituciones de poder político o pastoral, en ese contexto histórico el suicida genera un quiebre con sus administradores, como decía Foucault: – “No hay que asombrarse si el suicidio —antaño un crimen, puesto que era una manera de usurpar el derecho de muerte que sólo el soberano, el de aquí abajo o el del más allá, podía ejercer— llegó a ser durante el siglo XIX una de las primeras conductas que entraron en el campo del análisis sociológico; hacía aparecer en las fronteras y los intersticios del poder que se ejerce sobre la vida, el derecho individual y privado de morir. Esa obstinación en morir, tan extraña y sin embargo tan regular, tan constante en sus manifestaciones, por lo mismo tan poco explicable por particularidades o accidentes individuales, fue una de las primeras perplejidades de una sociedad en la cual el poder político acababa de proponerse como tarea la administración de la vida”.

 

A pesar de que aparentemente ya no estamos bajo las sociedades soberanas de Foucault, sino más bien en un Espectáculo en mutación con la sociedad de control de Gilles Deleuze, terreno contemporáneo donde el suicidio tiene una significante no muy lejana a la del siglo XIX, algo que evidencian el campo de las instituciones jurídico–– disciplinarias donde se estipula ––me separo y declaro en guerra contra toda noción jurídica–– el derecho a la vida pero no a la muerte. Se  construyó todo marco jurídico y cultural para llevar al suicidio a lo prohibido, quizás algo de influencia previa tenga el cristianismo cuando establece al suicida como pecador.

 

Legal o no legal. En el sistema legislativo estadounidense el suicidio no es ilegal ni en otros países como España, no porque de antesala se configure una suerte de derecho a la muerte, sino porque un marco de negación al suicidio no se reduce a la legalidad o no de este que poco importa para el suicida, sino a la subjetividad dominante sobre suicidarse.

 

No importando la mediatización, el suicida es nihilista en el acto, no porque se identifique individualmente con un cierto nihilismo, sino por su ejecución –– no confundir con motivación misma de negación a una vida programada, el suicidio rompe con las ataduras sociales y morales hegemónicas, de antesala rechaza lo viviente o lo que quedará. En ese sentido todos los suicidios son líneas de fuga del Caos. A partir de lo anterior creo necesario invitar a analizar el suicidio, por supuesto no excluyendo el análisis anticapitalista y crítico del suicida como producto del status quo, pero no reflexionar sobre esté desde la sensibilidad con la noción de “vida”, o la individualización del suicida, ni siquiera ––en mi opinión–– desde el análisis objetivo y falaz de Durkheim, que habrá en otro momento que discutir, sino desde una mirada crítica, filosófica, histórica y política, siempre política.

 

II

 

“No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía. El resto, si el mundo tiene tres dimensiones, si las categorías del espíritu son nueve o doce, viene después. Se trata de juegos; primero hay que responder.(…) Si me pregunto por qué juzgo tal cuestión más urgente que tal otra, respondo que por las acciones a las que compromete. Nunca he visto a nadie morir por el argumento ontológico. Galileo, en posesión de una importante verdad científica, abjuró de ella con toda tranquilidad cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál de los dos, la tierra o el sol, gira alrededor del otro. Para decirlo todo, es una futilidad. En cambio veo que mucha gente muere porque considera que la vida no merece la pena de ser vivida. Veo a otros que se dejan matar, paradójicamente, por las ideas o ilusiones que les dan una razón de vivir (lo que llamamos una razón de vivir es al mismo tiempo una excelente razón de morir). Juzgo, pues que el sentido de la vida es la más apremiante de las cuestiones”

 

Albert Camus

 

Debo advertir al lector que no pretendo analizar el suicidio y su significante política asociada desde la ambigüedad característica y cómoda del falso crítico, tampoco desde la romantización de la vida, ni siquiera haciendo apología al suicidio como manifestación casi poética, sino a partir de una politización discursiva afín a la antipsiquiatría como corriente de resistencia a los soportes de la normalización psiquiátrica y sus aparatos de verificación asociados. También aclarar que no se quieren presentar o teorizar posibles causales que lleven a las personas a suicidarse, si bien creo que todas ellas son producciones estimuladas por experiencias filosóficas, económicas y políticas –aún siendo por emociones individuales, responden a contextos políticos–, no quiero hacer una interpretación estadística o hipotética del porqué del suicida a abrazar la muerte –dejo esa tarea al lector–, sino construir análisis crítico, y presentar al suicida como un sujeto singular de resistencia a las normas establecidas.

 

Entendamos el suicidio como una manifestación–– posiblemente consecuencia- individual de punto de fuga a la sociedad disciplinaria, mediática y mercantil, funciona como un quiebre del sujeto social con las estructuras políticas, morales y económicas, me refiero al capitalismo, a la moral Occidental–cristiana y a los poderes institucionales –– entiéndase instituciones más allá del Estado, también la familia e incluso los amigos y otras–. El suicida expresará en el acto un desorden a la norma hegemónica, su impacto a la cultura se traduce en un ejemplo categórico de administración de vida y de rechazo a la prefabricación de la misma –no significa que el suicida sea consciente de esto-, será un portador de un mensaje que pondrá al estado de las cosas en un desorden al descubierto. A partir de eso, el sujeto tendiente a suicidarse será patologizado y en algunos casos criminalizado por el conjunto de instituciones jurídicas y medicas, lo que Michel Foucault define como la Clínica, será ella la que por medio de agentes –principalmente el mismo patologizado y sus redes– vigilará, controlará y buscará la corrección o normalización al cuadro del sujeto que aspira a suicidarse, este pasará a ser su propio regulador y vigilante -panoptismo-, administrará su tratamiento farmacológico y terapia psiquiátrica asignada para corregir y anular sus ideas suicidas, en otros términos se le obligará a vivir por norma en la vida pre-fabricada que le han presentado e impuesto.

 

La historia nos dice que el suicida al lado del delincuente, del loco, del monstruo –quien no encaja en parámetros de normatividad física y de belleza– y del portador de una sexualidad diferente serán piedras en el zapato para el orden de las cosas, puesto que ellos y algunos más marcaran el quiebre y la incomodidad política para la sociedad construida. Entonces las instituciones de control disciplinario tenderán a corregir e incluir a los anormales a la sociedad, en una palabra: normalizarlos, en este proceso se desarrolla la concepción de “diversidad”, algo parecido diría el antipedagogo español Pedro García Olivo: –“De hecho occidente se dedica a aplastar, ante la alteridad la aplasta, o bien disuelve la diferencia en diversidad, una especie de diferencia domesticada, ante lo distinto, un peligro “inquietante”, ante lo raro, lo que hace es atraerlo, absorberlo convirtiéndolo en diverso.”– La norma y sus instituciones y agentes promotores buscarán transmutar la diferencia ––entendida siempre en términos políticos– a diversidad, buscará homogeneizar a los diferentes y anormales, corregirlos y obligarles a vivir según sus direcciones.

 

APÉNDICE

 

I | LA DEPRESIÓN COMO PATOLOGÍA CONSTRUIDA PARA EL SOPORTE DE LA NORMA

 

Como dice una amiga: “El saber médico hegemónico es la columna vertebral de la subjetividad dominante.”

 

Antes que todo, parece necesario aclararle al lector que no negaré bajo ninguna circunstancia un sufrimiento evidente en la subjetividad colectiva, si quisiera analizar esto insistiría en poner en cuestionamiento el estado de las cosas y las condiciones sociales que van produciendo miserias subjetivas y destruyendo las potencias de vitalidad humana. Pero lo que voy a cuestionar es la labor no inocente de la psiquiatría en objetivar el sufrimiento subjetivo y transformarlo en “enfermedad”, he ahí cuando nos llaman a hablar de la familia de las depresiones.

 

Si queremos ir al DSM–V o al propio discurso médico-disciplinario para conocer la argumentación previa en considerar como enfermedad moderna lo que los griegos llamaban “Melancolía-Bilis Negra” –con notables diferencias conceptuales y de significantes– en la Teoría de los cuatro Humores nos encontraremos con dos soportes discursivos: una serie de descripciones de sintomatología de determinadas conductas o “malestares” subjetivos, y un discurso inexacto y falaz de neuroquímica. Habría primero que decir que ni siquiera me molestaré en discutir ampliamente el primer soporte, ya que basta decir que una alteración conductual a la “Norma” que traiga problemas de “bienestar” es un asunto político y no de “Salud” en términos médicos, así mismo el sufrimiento subjetivo como producción o efecto de situaciones no es sustento alguno para considerarle “enfermedad”, argumento que sirve para la mayoría de las patologías psiquiátricas. El segundo soporte sobre los neuroquímicos es completamente falaz y científicamente refutable, a la fecha no existe co-relación comprobable verídicamente entre determinados procesos de neurotransmisores y la subjetividad del sujeto, el sistema nervioso sigue siendo tan complejo que para ningún médico es “verdad” que una baja de neurotransmisores de Serotonina sea causante de estados “depresivos”, al menos no debiera ser “verdad” en términos científicos porque sigue siendo imposible entender el proceso de cientos de neurotransmisores y menos establecer parámetros de alguno, por supuesto que en el sistema nervioso se originan los estados de conducta del sujeto pero sigue no habiendo evidencia para determinar algún cuadro diagnostico. Pero los supuestos paliativos de la falaz enfermedad: los antidepresivos, se argumentan en una serie de experimentos y pruebas previas con animales –especialmente primates–, experimentos que han resultado no solo especistas sino también científicamente discutibles, puesto que hay una lejanía notable –para la suerte de los animales– entre conductas de animalidad y la subjetividad humana, además los protocolos de condicionamiento que se siguen en la experimentación animal son inexactos en su totalidad. No obstante lo dicho; la psiquiatría, el discurso mediático y la propaganda de la industria farmacéutica ha transformado meras hipótesis de la neuroquímica en verdades médicas para justificar la medicamentación masiva de la subjetividad, y siendo empíricamente demostrable el fracaso mundial de los fármacos antidepresivos, éste discurso falaz en origen sigue siendo ampliamente difundido en el último siglo para favorecer el negocio de la farmacología psiquiátrica y los dispositivos de control de biopoder asociados para la población.

 

La depresión –y no el sufrimiento subjetivo– es una patología inventada con razones biopolíticas y sin sustento científico que co–relacione procesos neuroquímicos con su supuesto origen. Es por esto que no propongo tratamientos alternativos ya que de antesala niego que haya enfermedad, lo que no es excluyente de propuestas radicales al cambio del “status quo” que pareciera ir produciendo en escala el malestar subjetivo. Como decía el viejo maestro Foucault – “Nadie es más conservador que aquellas personas que afirman que el mundo moderno está afectado por la ansiedad nerviosa o la esquizofrenia. De hecho, es un modo astuto de excluir a ciertas personas o ciertos patrones de comportamiento.”, siguiendo al filósofo es necesario declararse en guerra contra las discursivas que sigan hablando de “enfermedad mental” sin sentido crítico, en ese sentido hablar de las depresiones atrae toda una semántica de enfermedad y Clínica.

 

FUENTE: https://vozcomoarma.noblogs.org/files/2016/09/Elsuicidioysusignificante_ExN.pdf

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