Que el Señor escoja a los suyos

Alfonso Márquez | El blasfemo simoniaco

En una esquina, de pantaloncillos azules, estaban los albigenses, un pueblo que practicaba el cristianismo como en los primeros años de la iglesia. En la otra esquina, con pantaloncillos rojo sangre, Arnoldo Amalric, un devoto hombre del Señor, perteneciente a la orden de Císter. Un combate desigual estaba por gestarse. Los albigenses solo contaban con un dios muerto que los mandó a la hoguera porque le habló a Amalric a través de su perversa santidad Inocencio III.

 

De ese enjambre de lujurias que fue Inocencio, en otro momento les hablaré. Por ahora permitidme que me centre en Amalric. Este depravado engendro del dios altísimo, masacró a unos 20000 albigenses en Béziers, en la región del Languedoc, en la llamada cruzada contra los cátaros. Cuenta, pues que a mí no me consta, que este acólito de los querubines mandó sacar los ojos de algunos miles que puso en fila para llevarlos a la hoguera, excepto a los primeros, que solo mandó sacarles un ojo para que pudiesen guiar al resto.

 

Se cuenta que cuando iban a atacar la ciudad de Albi, le preguntaron a Amalric que cómo reconocerían a los herejes de los católicos. Este, en un sentido práctico, les dijo: “Matadlos a todos, Dios en el cielo reconocerá a los suyos”. Y así, se vino el jolgorio sangriento de este pervertido. Un tipo con bastantes complejos según parece: de miembro chiquito y bastante enclosetado.

 

Y de esta forma, en un solo round, terminó la triste historia de los albigenses. Pero nadie los tiene de pendejos, por creer en un dios que los mandó a matar. Ojalá hayan encontrado la dicha en el Cielo, porque en la Tierra definitivamente tuvieron una vida miserable.

 

Pues bien, espero haberles perturbado como a mí me gusta. Les espero en una nueva entrega muy pronto en este mi blog.

Escribir comentario

Comentarios: 0

CONTÁCTENOS

equipocritica@gmail.com

PUBLIQUE EN EquipoCritica.org

redaccion.equipocritica@gmail.com