El resguardo de lo debatible

Blatter, ¿cómo lo perdono?

Guima recién devolvió de cabeza un saque de puerta largo, la pelota toma ruta en línea directa al marco y cae en los pies de Medford (que en ese momento parecía velocista, no futbolista). “Vaya Hernán, vaya, vaya, vaya…” grita McGregor con esa emoción inigualable instalándose por siempre en mi memoria. La corrida es demasiado potente, imparable, no era solo Medford el que corría, eran mis piernas, las de mi familia, las de mi Alajuela, era todo mi país corriendo hacia el marco de Ravelli. El cancerbero sale a achicar con una pericia aplastante, hace que el marco se vea pequeño, y por un momento siento terror, mi espíritu teme que el Pelícano no anote el gol más importante en la historia del fútbol de Costa Rica (hasta ese momento). Pero no, el que gusta de hacer rabietas define como los grandes, y ¡BUM! ¡Tiquicia explota! Hay llanto, celebración, “gracias Bora”, hasta la Virgen de los Ángeles es mencionada por ahí. Medford corre hacia la línea lateral, toda la banca se le va encima, los que estaban en el campo parecen locos, yo no sabía qué hacer de la alegría. Así Costa Rica (como debutante en mundiales) accede a octavos de final en un grupo con un campeón y un subcampeón del mundo, para enfrentarse a una potencia del momento: Checoslovaquia. El resto de la historia, todas y todos la conocemos.

 

A mis escasos 10 años, en 1990, esta escena sería el primer recuerdo absolutamente significativo relacionado al fútbol; aquí se marcaría mi entrada al mundo dicotómico de regocijo y sufrimiento que el fútbol puede ser. Posteriormente, muchos otros momentos de fútbol marcarían mi vida de una u otra forma: alegrías de campeonatos ganados por la Liga, el corazón roto por finales perdidas contra Saprissa (evidente que aún no conocía lo que el desamor podía causar, ¿verdad?), la final perdida de 1998 con la corrida del “Venado” Drummond, sería en particular una tristeza indescriptible terminando en muchas lágrimas. Y ni que hablar de la Sele, quedando eliminada en el camino a los mundiales 1994 y 1998, pero barriendo en la eliminatoria hacia el 2002 con “Aztecazo” y gane en Honduras incluidos. No se pueden dejar por fuera el Mundial menor de Egipto 2009, la estocada al corazón que causó la eliminación de la Sele a manos de Estado Unidos, con aquel fatídico 2-2 y desde luego la hombrada en el Mundial mayor de Brasil 2014. El abanico de alegrías y decepciones es interminable como para repasarlo todo aquí.

 

En fin, ya sea por mis sueños frustrados de ser futbolista (que tan seguro estoy de haber jugado en Europa, si hubiera tenido un proceso completo de liga menor), por las miles de mejengas que hemos jugado, por la locura de los tacos Nike o Adidas último modelo, por esas finales prodigiosas de UEFA Champions League, o por la magia que he visto en campos de juego (es más por haber visto a Messi jugar), el fútbol ha sido una parte esencial en mi desarrollo como persona. No sería quien soy hoy, de no ser por esta fuerte afición al deporte más hermoso que pueda haber existido en la historia del universo (con respeto a otros gustos desde luego).

 

Me es evidentemente difícil (por razones de sentimientos encontrados) la transición de ideas en el mensaje que pretendo enviar en este artículo: sabiendo lo hermoso que puede ser el fútbol y que el mismo existe para unir, disfrutar, construir, sentir pasión y hacer de éste un mundo mejor, suena criminal que unos cuantos sepulcros blanqueados hayan construido sobre él un imperio a punta de abusos, avaricia y corrupción, tocando niveles exorbitantes e insospechables.

 

La fantasía de una gambeta que esquiva esbirros que cosen los tobillos a patadas, la poesía de un balón pegado al pie por metros y metros y metros sin importar que tantos rivales se aparezcan, la precisión de dejar en fuera de juego al delantero veloz, la perfección geométrica de un tiro libre con comba que ingresa en el ángulo, la picardía y morbo de un caño, el vuelo de un portero cuyas yemas de los dedos deparan torneos, el éxtasis de una vaselina por encima del portero, la satisfacción de celebrar en territorio del rival, la vibración endemoniada del alma cuando entra el penal del gane, y mucho más: todo eso se va por la borda cuando sabemos que la FIFA ha instituido un negocio mafioso, vil e inescrupuloso usando cobardemente el fútbol y su belleza como escudos. Lucran a diestra y siniestra sin importarles un pepino la destrucción, la evasión fiscal y el retroceso que su corruptela deja en la mayoría de países que albergan eventos FIFA. Cuando entendemos que este organismo podrido y fétido se mueve con una ausencia completa de conciencia social, es fácil sentirse culpable de apoyar un deporte que aunque tan hermoso, trae consigo estas vicisitudes para nada agradables.

 

Se puede valorar un ejemplo que a todas luces resulta estúpido y apabullante. Como parte de los requisitos y exigencias que FIFA demandaba al Gobierno de Brasil para llevar a cabo la Copa del Mundo 2014 en ese país, el corrupto ente pasó meses presionando por la aprobación de un paquete de leyes, entre las cuales una en particular llama la atención: la autorización a vender cerveza en los estadios brasileños, situación que había sido prohibida en Brasil desde el año 2003. A pesar de que se conoce la magnitud del impacto social (violencia entre barras por ejemplo, lo cual es una situación meramente delicada en Brasil) que causaría el restablecimiento de la venta de cerveza en los estadios, la presidenta Rouseff y su gobierno cedieron ante la presión sancionando y publicando en diario oficial la mentada ley. Entonces uno se pregunta, ¿por qué tanto apuro de parte de FIFA para la aprobación de una práctica que todo el mundo sabe no es socialmente saludable? La respuesta es aún más vergonzosa: Budweiser es uno de los principales patrocinadores oficiales de la FIFA [1].

 

Los Blatter, los Blazer, los Li, los Webb, los Rocha, los Takkas, los Figueredo, los Warner, y muchos otros nombres, es probable que ya tengan un lugar asignado en el mismo infierno, y es de esperar que siempre sean recordados como un grupo de personas a quienes les dio igual jugar con los sueños y el bienestar de millones de aficionados y aficionadas; y para quienes posiblemente sea muy difícil sentir empatía por todo el daño que hacen desde sus jets privados, hoteles de lujo y cenas extravagantes.

 

Este mundo requiere muchas mejoras, infinidad de cambios y otro tanto de ajustes, y es claro que si busco cualquiera de esos, la primer persona llamada a mudar de aires, soy yo; constantemente utilizo un argumento claro cuando trato de explicar por qué algunas veces hago cosas en pos de un cambio, sabiendo que “una golondrina, no hace verano”: yo cumplo, ese es mi aporte, y siempre lo hago esperanzado en que alguien se infecte de la misma intención. Aunque confieso que me es meramente difícil dejar de ver fútbol.

 

Nota

 

[1] http://www.semana.com/deportes/articulo/brasil-sanciona-ley-del-mundial-2014-permite-venta-cerveza-estadios/259083-3

José Andrés Solano Espinoza

Educador

 

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