El resguardo de lo debatible

Del push-up al pull down: Historias de miedo

No en vano Edward Bernays (sobrino de Sigmund Freud) tomó las teorías de su tío, y las aplicó al control de masas dando como resultado una disciplina que tiene la sobrada capacidad de manipular, al antojo de “los jefes”, los hábitos de consumo de cualquier tipo de población. Hay quienes piensan por ejemplo que el arte de mercadear un candidato presidencial, en esencia es igual a publicitar un detergente que reporta ventas bajas, y esto básicamente probaría que las relaciones públicas, la publicidad y el mercadeo, pueden lograr virtualmente lo que sea.


Esta maquinaria mediática tiene un “sabor” favorito: la auto percepción de las personas. Se encarga de establecer modelos de referencia para formas de cuerpo, rostro, apariencia en general, aromas, colores de ojos, tonos de cabello, niveles de bronceado, conductas, tendencias (entre muchos otros aspectos). Los que manejan estos monstruos han aprendido a nunca recibir un “no” como respuesta.


La presión ejercida por esta aparato mediático sobre la auto percepción de las personas es muy poderosa, sangrienta y no perdona nada, ni a nadie. En este particular, Costa Rica (y más específicamente Alajuela, que es donde radica la experiencia de primera mano de lo que voy a contar) no escapa a esta cruda e insana realidad.


Entramos a un tema escabroso: ¿Hasta qué punto está dispuesta a llegar una persona con tal de alcanzar el ideal de belleza que existe en su cabeza (que ya sabemos es creado por algo superior y poderoso)? Yo podría responder esa pregunta de millones de formas diferentes, sin embargo hablemos de solamente un punto: muchas personas parecen tranquilas poniendo su integridad física (y su vida) en manos de ignorantes, supuestos profesionales en salud y deporte.


Consideremos la siguiente historia:


El cliente de un gimnasio X crece muscularmente, y se ve bien sin camisa. (En muchos casos, ayudado por agujitas). Ese mismo cliente resulta que hace química y socializa mucho con personas que tienen poder de decisión dentro de la estructura jerárquica del gimnasio: propietarios, administradores, gente relacionada de alguna forma a propietarios o administradores. De repente, y sin mucho preámbulo vemos a este cliente “desarrollado muscularmente” contratado de “instructor”, quedando en sus manos la responsabilidad de la integridad física de cientos de personas que pagan tarifas completas, por supuesto esperando recibir un servicio de alto nivel profesional y calidad excelente.


Posiblemente haya quienes sienten familiaridad con esa situación, puesto que es claramente reiterativa y vigente. En esencia, responsabilidades enormes son asignadas a personas no calificadas, y con un rápido análisis, se pueden identificar algunas causas:


  • La mezquindad de quienes pagan estos salarios, quienes que prefieren tener costos bajos, en lugar de asegurar profesionales certificados y calificados.
  • Una gran parte de la responsabilidad recae sobre las instituciones gubernamentales competentes en este tema, las cuales ya sabemos no sirven para un carajo cuando de labores de fiscalización y control se trata.
  • Tercero y último: somos culpables nosotros los clientes, por no exigir que quienes dan este servicio sean profesionales entrenados, certificados y con capacitación formal.

Ahora bien, dada esta disfuncionalidad (y posible ilegalidad) en la forma en que se gestionan las contrataciones de instructores en algunos gimnasios de Alajuela (aunque imagino que lo mismo sucede en el resto de Costa Rica), hablemos a manera de anécdota de unos cuantos casos conocidos, que son casi de conocimiento público en la Ciudad de los Mangos (y obviamente son parte de mi experiencia personal).


Perspectiva “ingenieril”. Cierta persona que intentaba pagarse estudios de ingeniería a punta de servicios de “entrenador personal”, pero sus únicos atributos profesionales eran los resultados físicos que exhibía, y que eran en gran parte gracias al consumo de esteroides. Este gimnasio es uno de los más viejos en Alajuela, y se caracteriza por carecer de vestidores, sanitarios, y duchas, decentes. En fin, algo deprimente.


Sólo yo sé, yo mando. Sin movernos de gimnasio, otro “instructor” de mayor jerarquía, tiene ninguna habilidad de servicio atento y utiliza un enfoque de absoluta ausencia de respeto por los clientes. Es usual escucharlo haciendo comentarios despectivos sobre otros profesionales, por ejemplo, creé saber más que un médico. Sus cambios de humor repentinos y constantes (ya sabemos cuáles sustancias químicas se los producen) hacen que mucha gente busque otras opciones de gimnasio, solamente por sus groserías de idiota maleducado. No tiene la mínima decencia ni ética profesionales, y en algún momento escuché que ni siquiera sabía cómo manejar un email. Lo más increíble de todo es que cuentan las malas lenguas alajuelenses que ahora le asignaron tareas administrativas del gimnasio en cuestión. Claramente este establecimiento es un negocio de octava categoría.


Alejamiento de lo básico. En otro gimnasio, alejado unas cuantas cuadras del primero, existe el caso de un “instructor” de cierta disciplina que pasa por un gran auge mundial y que es conocida por su alta complejidad. Esta persona al parecer no posee bases académicas mínimas (podría dudarse seriamente de haya aprobado 6to año de primaria), no posee una formación mínima de persona en sociedad, y existe una profunda ambigüedad sobre si realmente ha alcanzado la certificación de la disciplina que se supone que enseña. Entre otros rasgos, carece de modales elementales, trata a los clientes como poco valiosos,  y tiene un repertorio inagotable de poses arrogantes. Dentro de reportes conocidos se cuenta que inclusive ha llegado a amenazar clientes con irse a los golpes, es común verlo acortando sesiones de entrenamiento para salir temprano, y hasta se cuenta que es usual verlo concentrado en el celular durante las sesiones de entrenamiento que le pagan por supervisar. Una vez más alguien, que al menos en mi visión personal, no cuenta con los requerimientos mínimos para ejercer una posición de instructor de ejercicios, ostenta tal posición. Inexplicable, pero cierto.


Replicar es un oficio complicado. Las cosas no terminan ahí en el segundo gimnasio, y desafortunadamente existe un caso bastante lamentable también. Cierto cliente, muy regular, que en su haber cuenta con toda una serie de leyendas relacionadas a esteroides y otras clases de enhancers extraños, llegó a desarrollar una masa muscular importante. Sin mayor aviso, y para sorpresa de la población en general, de un día para otro apareció trabajando de instructor para el mentado gimnasio. De nuevo, la historia se repite: historial formativo-académico ambiguo, y se escucha que su única capacitación profesional es el dominio del idioma inglés. Cuentan clientes en el gimnasio que su atención va casi exclusivamente dirigida a damas, olvidando casi por completo a los clientes varones. No sé qué habrá pasado con él, imagino que no debe haber durado mucho contratado. Es tal el parecido de este instructor con el primero (en cuanto a actitudes y conductas) que algunos se han atrevido a hablar de clones, y/o mini clones, dadas las desagradables conductas que este segundo replica del primero.


Cuatro casos de la vida real, existentes en el mundo (¿subcultura?) de los gimnasios en Costa Rica, y hacen que uno realmente cuestione muchas cosas; sin embargo, es claro que no hay que buscar culpables lejos de mi metro cuadrado de espacio personal: yo soy parte de los que han permitido que haya ese tipo de profesional mediocre, barato, y nada profesionalizado, en funciones de alta responsabilidad. Ojalá nunca se topen a ninguno de estos “profesionales”.

José Andrés Solano Espinoza

Educador

 

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