Sumak Kawsay

Una nueva Educación en el contexto de la sociedad Patriarcal - Capitalista

En el trascurso de la historia, la lucha de clases y las relaciones entre opresor y oprimido, han formado parte de ésta. Han surgido condiciones de desigualdad y disputa por el dominio y control de unos sobre otros.


En este contexto se organizó la familia patriarcal. Los  hombres, que adquirieron riquezas, tierras, esclavos, obtuvieron poder económico, control social y a su vez fueron determinando los beneficios y oportunidades para unos pocos, eliminando los concernientes a los menos favorecidos, como es el caso de las mujeres u otros miembros del sexo masculino. Los varones que ocuparon escalones superiores en la jerarquía no sólo se impusieron ante las mujeres, sino también a otros hombres.


Esta competencia, en el marco del patriarcado, ha formado parte de una estructura muy opresiva para los propios varones y especialmente los que no cumplen con el estándar de “macho, fuerte, dominante”.


Por otro lado, la división sexual del trabajo, dio lugar a la sobrevalorización de las tareas asignadas a los hombres ligadas a la producción, en detrimento de las labores desarrolladas por las mujeres ligadas principalmente a la reproducción.


Miles de años no han cambiado aún la asignación de espacios, roles y funciones establecidas a hombres y mujeres. Ahora bien, el patriarcado ha ido adaptando cada rol o papel  a los nuevos contextos y a las nuevas necesidades sociales.

 

En la actualidad, se transita en una época que ha sido dominada por un sistema social y económico, que ha sostenido al patriarcado y sus relaciones de poder. Este sistema, el cual conocemos como capitalista, ha manipulado todas las formas posibles  para su continuidad y ha utilizado por ejemplo a la educación para el mantenimiento de las desigualdades, opresiones y reproducción, un modelo que responde a las necesidades o intereses de unos cuantos.

 

La educación en el contexto de la sociedad patriarcal - capitalista ha cumplido varias  funciones:

 

  • Mantenimiento de las condiciones de opresión que genera una educación domesticadora, sin cuestionamiento de los roles - funciones, que se deben asumir.
  • La formación que reciben los niños, niñas y jóvenes en escuelas y colegios, ha servido para perpetuar todas aquellas condiciones de desigualdad entre los seres humanos que responden a una sociedad que se basa en el consumo y la competencia. Se refuerza el valor del esfuerzo individual y competitivo sobre el esfuerzo colectivo y de colaboración. El ser un hombre preocupado por sí mismo y tratando de alcanzar la cima, sería según nuestra sociedad el ideal que se espera de un ser humano.
  • Reproduce, desde la relación hombre – mujer, las características de un varón, patriarca, jefe, señor y dominador ante la mujer  explotada, sumisa y servil. Relación que se muestra por ejemplo cuando Marx dice: “en la formación de la familia patriarcal se muestra en minúsculo todas las contradicciones de nuestro mundo de hoy: un esposo autoritario que representa la clase que oprime y una esposa sumisa que representa la clase oprimida”.

 

Esta asimilación ideológica de roles se ha  dado por medio de una educación que enseña a partir de la separación – división y que va marcando la pauta para las relaciones desiguales.


En el caso de la imposición de roles que van asumiendo hombres y mujeres, es claro ver como se refuerzan y reprimen en forma distinta sus actitudes y habilidades. A los hombres se les exige una expresión fuerte, agresiva, dominante, competitiva, mientras que a las niñas se les acepta una mayor pasividad, delicadeza, emotividad, dependencia, así como funciones más dirigidas a las labores domésticas, el cuido y servicio para los demás.


Esto trae consecuencias en la posteridad, a las mujeres se les entrena para su futuro maternal, pensarse como un ser frágil, que necesita protección, vigilancia, dependencia. Se les ubica socialmente a lo interno del hogar, cumpliendo con las labores domésticas, no valoradas, ni remuneradas. Si llega a lo público debe aparecer con decoro, otorgar especial importancia a la imagen y adaptarse a las opresiones que, como mujer y trabajadora, debe soportar. Al hombre, como se le ha enseñado a ser valiente, fuerte e independiente, podrá visualizarse en un futuro fuera de casa, aunque no siempre realizando un trabajo que le satisfaga, pero realizando su rol de productor y proveedor.


Si consideramos la posibilidad de comprender, lo que se espera de ser hombre y lo que se espera de ser mujer, se podría pensar que ambos sufrimos las consecuencias, ambos estamos determinados por roles que nos imponen desde la niñez y todo el adiestramiento que esto implica para el futuro.


Además, día a día se refuerza un estilo de vida, desde la división entre los seres humanos y de las relaciones desiguales entre unos y otros, producto de una sociedad que impone una educación que está de parte de unos pocos, valorizando los comportamientos de poder, control y competencia. En este caso, las relaciones opresor – oprimido se mantendrán y la armonía entre seres humanos se irá deteriorando cada vez más.


Siendo conscientes de esta problemática, nos corresponde ir pensando en un nuevo transitar, hacia la trasformación social y por consiguiente, a la concreción de una sociedad que de las condiciones justas y óptimas para el buen vivir.


Pensar en una nueva educación, que garantice la libertad de las clases explotadas, revalorice las relaciones de convivencia entre hombres y mujeres frente al poder y control de unos sobre otros, erradicando todas las formas de  desigualdad imaginables. Ello implica dar una gran batalla para derrotar paradigmas, tabúes que datan de la antigüedad.

Katherine Cerdas Bonilla

Educadora y Psicóloga

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