Reflexión Editorial

El Estado y su miedo a la libertad

José Solano

2 de Agosto de 2016

El Estado manifiesta frecuentemente su temor a cualquier signo de rebeldía, a cualquier inminente situación que ponga en riesgo su casi inquebrantable poder. El Estado premedita sus acciones con el fin de evitar el más mínimo intento de ser libre. Sin embargo, ese mismo Estado establece a priori una serie de estereotipos que le permiten actuar de forma más violenta en casos muy concretos. Pero dándole el beneficio al aparato estatal, no cabe duda que ciertos actores se ganan el “privilegio” de causar más “daño moral” a la institucionalidad del statu quo.

 

La anarquía es, sin lugar a dudas, el enemigo número uno del Estado. Es, históricamente, su más acérrimo oponente, el cual se ha manifestado tanto de formas violentas como no violentas, siempre con éxitos crecientes y evidenciables, pero rápidamente reprimidos y destruidos, porque tal cosa llamada libertad no puede permitírsele a los seres humanos.

 

Cuando las personas luchan por ser libres y por liberar a otros de toda esclavitud, el Estado interviene con fuerza y brutalidad. Esto porque es necesario acabar con los ejemplos de un mundo sin autoridad, sin ley y sin amo. Y no importa qué tan enemigo sea un Estado de otro, si la anarquía se manifiesta, incluso esos acérrimos enemigos son capaces de unirse con tal de aplastar la libertad humana. Los ejemplos sobran, aunque sea Francia o España los que mejor lo recuerden.

 

Abogar por la libertad implica negar la existencia del Estado, destruirlo. No puede existir libertad con el Estado presente, cualquiera que sea su naturaleza. Mientras la autoridad exista, mientras los instrumentos de opresión se perpetúen, mientras la esclavitud del dinero, de la consciencia y de la dignidad se mantenga, la libertad seguirá siendo solo un espejismo y una fatídica utopía inalcanzable. Por eso, cada acción, por pequeña que esta sea, que implique escapar al control policiaco del Estado, significa rebelión y esta se penaliza con la ley, el juez y la cárcel.

 

El Estado es el mejor instrumento del poder que ha inventado un pequeño grupo de personas para asegurar sus privilegios de clase. Y con este nació una guardia especializada, la legislación, el juzgado y la prisión. Este se valió así mismo de la religión para someter las consciencias, mientras el Capital se alimentaba del trabajo de miles y millones de personas. Y así, con el desarrollo de la consciencia sobre esta situación existencial, las formas de vislumbrar un mundo distinto fueron apareciendo, pero no se planteaba la transformación radical de la sociedad, la economía, la política o la cultura, hasta que la anarquía se abrió paso entre los escombros y la podredumbre de los Estados, el Capital y la Religión.

 

Por eso, la anarquía es tan temida, tan incomprendida, tan criminalizada. No puede dejársele ni un espacio de acción, debe ser reprimida lo más pronto posible, antes que la idea de libertad pueda esparcirse como semilla y que germine en las mentes y corazones de las personas. Debe criminalizársele como terrorista, como aniquiladora de la democracia representativa y del imperio de la ley, como incendiaria de todas las prisiones. También ha de perseguírsele como supuesta aliada de la reacción contrarrevolucionaria, de coquetear con la derecha, incluso de proponer la conjugación perfecta del derecho individual y colectivo.

 

La anarquía es la gran enemiga de los idólatras del poder, de los hambrientos de megalomanía. Es “la gran utópica”, es “la inalcanzable”, “la incapaz”, la que debe ser repudiada a toda costa, la que debe ser asesinada, purgada y confinada. La anarquía tiene el gran pecado de ser la verdadera gran liberadora de la humanidad, por eso y más es comprensible su persecución.

 

La represión por la represión es la característica fundamental del Estado en contra de la anarquía. Se basa en los prejuicios, los estereotipos y la ignorancia. Pero también se basa en el miedo a lo desconocido y en el terror que implica, para cada ser humano, ser verdaderamente libre, asumir la responsabilidad de sus acciones, de su destino, sin la intermediación de un poder opresivo y omnímodo, porque es más fácil vivir sin cuestionar, aunque sea en la miseria. Por eso las personas, en la gran mayoría de los casos, han optado por la sumisión como mecanismo facilista para escapar de su realidad. Prefiere vivir de espejismos, de falsedades, de indignidad. Prefiere ser máquina antes que asumirse como humano.

 

La violencia, la explotación, el autoritarismo son fenómenos del poder, vistos como irremediables, naturalizados hasta la saciedad. Cualquiera que traiga un mensaje distinto al poder es tachado de enemigo de la paz, de la democracia y de la supuesta libertad. Porque el mensaje implica la renuncia de las mentiras aceptadas consciente o inconscientemente por las masas, implica empezar de cero, concebir todo un mundo alternativo, implica dejar de esperar recibir para empezar a hacer. Por eso el Estado obnubila, corrompe e ilusiona con mentiras.

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