Reflexión Editorial

Una pequeña tesis sobre la perfectibilidad del Estado

José Solano

28 de Setiembre de 2016

Como forma de organización opresiva y represiva, el Estado siempre busca su perfectibilidad. El Estado se puede presentar como algo bueno, paternalista o bien se puede mostrar con su más temible rostro: el fascismo. Sin embargo, la verdadera manifestación del Estado es siempre perversa. Desde estados donde predomina el mercado abierto, con poca participación política en las dinámicas liberales, hasta los estados más férreos cuyo poder lo engloba todo, el Leviatán siempre busca el control y sumisión de la población a la cual somete ante el temor que suscita la toma de consciencia frente a la situación de dominación.

 

Todos los estados, en su lucha por la perpetuación, toman diferentes matices dependiendo de las circunstancias económicas por las que pase. Cuando el capitalismo mantiene una estabilidad más o menos relativa, las formas de control se enfocan hacia el fortalecimiento de los cuerpos represivos y aumento de control de seguridad poblacional, todo de manera sutil y justificándose como medida preventiva, cuando realmente lo que hace el Estado es prepararse para una nueva fase posible.

 

Por otro lado, cuando el capitalismo entra en crisis sistémica, el Estado opta por dos vías distintas, ambas de abultamiento, presencia, fiscalización, vigilancia e intromisión en la vida de las personas. La primera es la del Estado paternalista, aquel que interviene la economía de forma directa para regular el mercado y volverlo a equilibrar mientras trata de apaciguar la crisis social con procesos reformistas dentro del capitalismo. La segunda es la del Estado fascista, donde la situación es tan crítica en el sistema económico que la intervención es absoluta, resguardando la economía nacional al extremo para fortalecer al Capital y luego darle vía libre.

 

El Capital, de esta forma, se asegura su perpetuidad y de la misma forma lo hace el Estado. Es una manutención del poder político y económico, del privilegio que trae consigo dominar a otros. Ahora bien, esta dominación busca perfeccionarse por todos los medios posibles, llegando al punto de descararse por completo. De esta forma, cuando se busca el modelo de un Estado perfecto, debe encontrársele, sin lugar a dudas, en México.

 

El estado mexicano es el más perfecto de los estados que jamás haya existido. Su funcionamiento es casi armónico: la corrupción y la muerte galopa por todas las estructuras de la institucionalidad y parainstitucionalidad del Estado, así como por los diferentes agentes autoritarios que están en la pugna del poder político y económico. La efectividad y la eficacia del Estado de México para llevar el terror, el control, la desaparición y la muerte sobre su población se convierte en un ejemplo a seguir a nivel global.

 

Un gobierno y unos actores de “oposición” partidaria completamente copados por la corrupción, el narcotráfico y la sangre inocente. Políticos mezclados en casos vergonzosos, con desapariciones y muertes. Una iglesia católica cómplice con el genocidio. Un aparato sindical cooptado por el Estado, que defiende los intereses de sus cúpulas, que se reparten los botines junto a los políticos de turno con el fin de apaciguar las justas demandas del pueblo. Todo el aparato represivo al servicio del poder político y económico, capaz de asesinar, de montar banderas falsas, de desaparecer, de torturar, de relacionarse con el paramilitarismo, el narcotráfico y el sicariato. Todo un sector empresarial amparado a esta maquinaria de muerte, lo que ha generado una de las mayores desigualdades mundiales, con una población mayoritariamente pobre, con migraciones crecientes y una riqueza escandalosa en pocas manos.

 

Y todo eso funciona al unísono, cada engranaje del Estado se mueve a una perfección milimétrica. El narcotráfico-sicariato, el paramilitarismo y el ejército-policía tienen una sinfonía de sangre, gritos, tortura, silencio y muerte de miles y miles de personas inocentes, provocando una sensación de incertidumbre, pesimismo y resignación. Los grandes medios de comunicación masiva controlan la opinión pública y participan en el terrorismo de estado, gracias al escandaloso concubinato que mantienen con los emporios corporativos y el gobierno. Todo el aparato burocrático colapsa los intentos de alzamiento popular.

 

Los grupos alternativos, los movimientos campesinos, indígenas, anarquistas y de toda gama revolucionaria, tan solo se mantienen en resistencia. La vigilancia, la persecución, la desaparición y la muerte se ciernen sobre estos grupos. La capacidad de acción es limitada por los poderes fácticos que emanan de toda la estructura estatal capitalista.

 

El afán de los estados es la perfectibilidad, convertirse en sádicas máquinas de muerte, solapada o abiertamente; de control absoluto de la población y evitar así los conatos de descontento. Su misión es sostener el poder y sus privilegios, mantener al Capital funcionando y moviéndose sin restricción, que las relaciones capitalistas se perpetúen en el tiempo. Muchos estados se encaminan a lo que México es hoy en día, a lograr esa perfección de todos los actores que poseen el poder político y económico, desde la legalidad o la ilegalidad, eso no importa, porque la legalidad y la ilegalidad es la del Estado y este así lo permite.

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